Aunque convendría que fuéramos analizando la situación por partes.
La unidad deseada parece ser la unión de los mercados militares. La fórmula inicial de construcción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, que fue la puesta en común de recursos económicos como primer paso y avance de unidad política, no está garantizado que tenga éxito en 2025 a partir de adquisiciones y producción de sistemas de armas. La Unión Europea no es el Mercado Común de 1957 ni el Tratado que puso en común el carbón y el acero en 1952, la naturaleza política e institucional cambió en 1992 con el Tratado de Maastricht y la conversión en Unión Europea, desde entonces mucho más que un mercado; y en 2010 con los Tratados de la UE y de Funcionamiento de la UE, que son nuestra Constitución a nivel continental.
Algo, mucho, cambió también en percepciones ciudadanas y políticas con la respuesta a la Gran Recesión a partir de 2008 que obliga a replantearse la aplicación de fórmulas de aparente éxito en el pasado a la situación presente.
Se nos traslada el mensaje de que Europa sufre una amenaza existencial, que no puede ser de otra naturaleza que militar de la Rusia de Putin dispuesta a atacar territorio europeo, lo que nos obligaría a activar la cláusula de defensa mutua recogida en el artículo 42, apartado 7, del Tratado de la Unión Europea; además del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que a día de hoy se mantiene, según afirman fuentes militares españolas, lo que viene a decir que EEUU actuaría en caso extremo, se mantendría el paraguas de seguridad en situaciones límite.
Una amenaza existencial como la que se certifica no requeriría un 2% del PIB, ni el tres ni el cinco, sino la totalidad de recursos humanos y económicos de los que dispongamos, pero no se nos está pidiendo un esfuerzo total en respuesta a una amenaza existencial.
En cuanto a capacidades militares, si el objetivo es poder hacer frente a un conflicto militar directo con una potencia nuclear pues requerirá un componente nuclear militar europeo que se podría desarrollar desde cero, o bien mancomunar las cabezas nucleares de las que dispone Francia y Reino Unido. Ahora bien, las armas británicas dependen para su lanzamiento de EEUU, por lo que habría que descartarlas en una deseable autonomía estratégica europea.
Necesitaríamos armas nucleares para un enfrentamiento atómico con Rusia que asegurara la destrucción mutua inmediata, escenario al menos creíble para una disuasión que, todo sea dicho, parece haber fracasado en el caso de Ucrania.
El objetivo que se nos presenta es convertir la Unión Europea en una potencia militar mundial, en igualdad de capacidades letales con Estados Unidos, Rusia o China. En este caso no parece aconsejable continuar albergando en suelo europeo a cien mil militares norteamericanos, bases militares extranjeras o armas nucleares ajenas en media docena de países (confirmadas en Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos y Turquía, de EEUU).
Extraña en un planteamiento de máximos que la Unión Europea invite y participen sus representantes en las cumbres que se están celebrando para diseñar la independencia estratégica y militar con responsables políticos del Reino Unido o la OTAN.
Aflora en cualquier caso de reacciones e intervenciones públicas una buena dosis de pánico, el desconcierto de quien se encuentra de repente solo gritando en una manifestación de la que no fue el convocante. Sólo se puede explicar como fruto del desconcierto decisiones como censurar medios de comunicación o anular elecciones y candidatos en Rumanía.
El ciudadano no ha recibido argumentos convincentes ni asistido a debate político alguno sobre la necesidad de un seguidismo acrítico y sin matices de EEUU desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, la anexión de Crimea en 2014, desde la implosión de la URSS en 1991, desde la caída del muro de Berlín en 1989, desde los acuerdos de Defensa entre Franco y Eisenhower de 1953, desde el final de la Guerra Mundial en 1945; ni se entiende el seguidismo sin matices ni la urgencia en sustituir al aliado norteamericano.
Europa es una comunidad cultural, no solo de raíces cristianas, y una realidad política que se ha ido construyendo por la voluntad de los Estados nación que lo forman. La imposición no ha sido la norma.
El respeto a la diversidad es una característica esencial de la Unión, el Estado social también, la democracia representativa. Bien es cierto que los valores o el orden internacional basado en reglas que figura como pretensión son una realidad fronteras adentro del territorio europeo y una hipótesis no confirmada con los hechos en nuestra política exterior, y para confirmarlo sólo habría que preguntar a afganos, sirios o palestinos y nuestros vecinos del Mágreb.
Sobre algunas políticas se han puesto de acuerdo los países de Europa en gestionarlas de forma unida, otras se acuerdan y algunas permanecen en los Estados como la Defensa, no por incapacidad, sino por decisión consciente de cada uno en que sigue siendo el mejor camino para defender los intereses nacionales, por separado. Esto es lo que se aparenta querer cambiar.
Cualquier escenario futuro que se vaya construyendo, y no hay que olvidar que se trata de un proceso dinámico, actualmente en marcha, parte de una enorme dependencia de EEUU, para ir progresivamente completando capacidades para compartir decisiones quizá en el marco de una nueva alianza militar que sea algo más que correa de transmisión del patrón norteamericano. Se requiere fortalecer capacidades, pero sobre todo establecer instrumentos de mando y control de esas capacidades que hoy están en el marco OTAN.
El esfuerzo económico que se exige hoy para incrementar el gasto en Defensa obliga a un salto político adelante de la UE aún más ambicioso, previo o simultáneo, al avance militar en marcha. Se plantea duplicar (admitido) e incluso triplicar el gasto en Defensa en una década. Únicamente un fortalecimiento político de la UE a esa escala permitirá el avance militar, dando respuesta a instrumentos de funcionamiento, pero también a desafíos como la vivienda, la inclusión de nacidos fuera y descendientes, derechos y valores aplicados también a nuestra vecindad, el multilateralismo hoy cuestionado, la educación y la cultura, la libertad de expresión o la protección social.
Europa debe unir la seguridad militar con la seguridad social. Y Europa crecerá voluntariamente, como lo ha hecho desde su nacimiento, aunque necesitará una participación ciudadana mayor que en los 68 años transcurridos hasta hoy.
Avancemos en la Europa social y política y la Defensa llegará después, los europeos querremos defender conjuntamente una potente realidad compartida.
Artículo publicado también en La Discrepancia.